Salí a correr. Hacía tiempo que no corría fuera del gimnasio. El gimnasio del edificio es cómodo —seis pisos por elevador, varias treadmill, poca gente— pero tiene esa inconveniente condición estática de los gimnasios: correr mirándose a un espejo. Nunca llegás a ningún lado.
Así que salí a correr por la calle. Vivo en Brickell, cerca de la bahía de Miami. En estos días el clima está especial para andar fuera. En días como estos suelo llamar a mis amigos de Washington para burlarnos de las reliquias nacionales. Las nuestras, no las de aquí. Aquellas que nos causaban gracia ya cuando éramos jóvenes y bebíamos de un agua llamada progresismo que se puso rancia pronto. Día de asadito, caeza, decimos ahora, orillerísimos, ¿trajiste la damajuanita de cinco?
Esta vez me fui corriendo por el caminito bordeado alrededor del mar, luego entré a Brickell Avenue y troté hasta US 1. Como me sobraba aire seguí varias millas más. Al final llegué al campus de University of Miami, justo para el momento en que salía el equipo de atletismo de sus entrenamientos.
Yo ya estaba agotado y me volvería a la casa en Metro así que me senté a esperar el paso en la estación. El banquito de hierro era cómodo y el aire más que fresco. Aun me quedaba agua para aguantar el rato.
A los minutos aparecieron las chicas de atletismo de UM. Metro ochenta, fácil. Y más de metro veinte de piernas. Cinco, eran. Dos morenas y tres rubias. Apenas veintipico. Pasaron riéndose, conversando de nada. No pude resistirme: giré al verlas pasar.
Las piernas de gacela terminaban en unos pantaloncitos cacheteros. Dos dorados, tres negros. De Lycra. Una de las rubias lo había decorado. Sin anteojos, me costó verlo bien. Las letras eran azules y blancas. Decían “Obama 08”.
1 Opiniones:
Buenísimo...!
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Diego Fonseca