29 de agosto de 2010

Archivo › Procrastinación (Etiqueta Negra)

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Una vez entré por error a la oficina de un directivo de Coca-Cola en México. Apenas me vio, el tipo se alteró. Empezó a cerrar ventanas de su PC a toda prisa. Quince años atrás, esa reacción me hubiera sugerido que en la pantalla estaba desplegada la fórmula secreta de la bebida. Pero esto ocurrió hace poco tiempo. Lo que el hombre hacía era revisar Facebook.
Hay gente que siente culpa de perder el tiempo pagado por las empresas en un mundo donde la procrastinación tecnológica parece haber pasado de desorden a patología endémica. En una era en que buscamos significados nuevos a todo lo viejo, el procrastinador ha reemplazado al perezoso y al irresponsable. Y si lo maneja bien, hasta puede resultar cool.
Los procrastinadores tecnológicos somos primos hermanos de quienes pagan los impuestos el último día de vencimiento o revientan de juerga los veinte días previos al examen final de Medicina.
La esencia de la procrastinación no ha cambiado. Verduleros, amas de casa, periodistas o ejecutivos, todos hallamos algo urgente que hacer para postergar lo importante. Elegimos volvernos triviales, vivir en el mundo líquido del filósofo Zygmunt Bauman, célebre por decir que estamos en la era de sentimientos tan inestables que nunca cristalizan. Nuestra sociedad, dice Bauman, no puede mantener la forma y el rumbo por mucho tiempo. Perdemos los anillos enseguida.
Responsabilidades y decisiones son casi inmorales para un procrastinador. Puede más el placer que la obligación. Y cada vez precisamos movernos menos de la silla para perder mejor el tiempo: Facebook nos regaló una comunidad inmediata y Twitter le metió octanos.
Procrastinar es el camino a una nueva versión del cuarto de hora de fama warholiano: nada más urgente para un procrastinador que atender a su propio grupo de cuatrocientos aduladores comunitarios con quienes compite por el chiste más festivo, presuntuoso o listo.
Sin ir más lejos, hace un tiempo, Carl y Dorsey Gude, los padres de una familia de Michigan, comenzaron a responder sus emails durante el desayuno en casa. Ahora ya no hay desayuno: los hijos no salen de sus cuartos. Su primera actividad matinal, según contó la familia a The New York Times, es revisar los posts de sus redes sociales, enviar mensajes de texto y encender los videojuegos.
—No soy dueño de mi tiempo —es la excusa preferida de un amigo.
La procrastinación es adictiva. Yo mismo sé que mejor es acostarse temprano para levantarme con la cabeza fresca a escribir. Y también sé que puedo escribir a buen ritmo hasta las dos de la mañana. Pero a la noche elijo morir de la risa con el “Late Late Show” de Craig Ferguson en la tele y, cuando la neurona pide descanso, desafío a mis amigos a cruzar palabras con el WordChallenge o cosecho plátanos y coles en el FarmTown de un turco de Düsseldorf hasta las cuatro de la mañana.
A cada minuto descanso menos, pienso mal, me concentro peor. Todo para escapar al inevitable momento en que debo trabajar.
Escribir este texto ha sido mi penúltima batalla. Abrí una página de word por la mañana, dispuesto a todo. De inmediato decidí poner un tema del cuarteto DeVotchka para acompañar la inspiración. Más tarde, la TV para relajarme. Revisé los emails hasta el mediodía y para las dos ya había ganado dos puestos más en el GeoChallenge. Almorcé largo con un amigo y finalmente me senté frente a mi MacPro, a las cinco, en silencio y concentrado.
Pero entonces recordé el nombre olvidado de la canción de Liam Finn que quería escuchar hacía tiempo y, reprochable actitud, que no actualizaba en Facebook desde el día anterior.
—No soy dueño de mi tiempo.

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22 de julio de 2010

I Shot the Sheriff

Hoy iba con mi típica libretita de periodista (Moleskine corto) cuando me sale al cruce, arrebatado, un hillbilly puestísimo. La situación tenía dos cosas extrañas: que yo no llevase mi bolso y que el tipo estuviera sentado en un banco justo fuera de mi edificio. Los porteros debían estar en otra cosa: cuando un desconocido pasa más de diez minutos en la puerta, las inquilinas que llevan veinte o treinta años madurando en The Irene Building llaman a la policía. La tercera cosa rara llegó de inmediato.

You a police officer? —encaró el tipo, escupiendo slang.


I'm not.

Tenía los ojos afiebrados y la boca reseca. Fumaba y escupía. Me llamó la atención que no estuviera sucio: no daba el perfil de un junky de M Street. Estaba sudado como un baño, sí, pero vestía con, pongamos, dignidad urbana. Jean, zapatillas Nike, camiseta café y camisa leñadora. La camisa desentonaba: 42º a las 10.00 am ponen a sudar un océano hasta a un tipito con BMI negativo como él.

—You sure?


—Totally.

La mochila North Face era nueva. Y fumaba Marlboro, que en Washington, DC exige de un presupuesto de 40 a 60 dólares por semana a un pitador serio. No, no parecía lo que era. 

—So, you're not undercover...


—Told you, I'm not a cop.

Me miró desconfiado, frunció la cara, se secó la nariz, encendió otro cigarro. Insistió:

—Sure?


Y se fue, pasado de todo y algo molesto. Nunca antes nadie me había convencido tanto de esperar otra cosa de mí.


Yo —digo, creo, supongo— no tengo demasiadas formas policiales. Sobre todo porque no parezco policía. Hoy llevaba pantalón chocolate y una camisa celeste con rayas blancas muy delgadas. Y —y esto es lo importante— mi barba está muy crecida. Un policía, todos lo saben, se afeita a diario. Excepto que cuide las calles de Amsterdam o Estocolmo. O sea Sérpico. 

Como sea, no cumplo ninguna de todas las condiciones. 


Dos horas después, un colega de mocasín, Dockers y pelo cortado en YMCA se planta en un pasillo del laburo y me echa una mirada de escaner. 


—Con esa libretita parecés cana


Las percepciones le ganan por goleada a mi superyo.

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9 de abril de 2010

¿Ves uno o dos dedos?

Me gusta caminar con lentitud, como saboreando un helado, las cuatro o cinco cuadras a ambos lados de casa en Washington, DC. En estos días, Connecticut Avenue está hinchada de árboles reverdecidos. Los del Rock Creek Park, al frente de casa y a un lado del exclusivo Kennedy-Warren Building, parecen listos para llenar el aire de polen.

La primavera es muy agradable. Es una estación confiable. Todo florece con la previsibilidad y certeza que encantan a los contadores públicos. Lo mejor es el sol tibio. Se te puede ir el día leyendo en los bancos de cemento del puente sobre el parque. No sé cómo puede haber gente que no tenga a la primavera entre sus estaciones favoritas. Conozco a varios. Tipos mal entrazados, agotadores, lectores de Harnecker.

En estas cosas pensaba mientras volvía del trabajo a casa, pastoreando entre la estación del Metro en Cleveland Park y el National Zoo, cuando una sucesión de ruidos y gritos me devolvió a la calle. Primero fue un golpe seco a mis espaldas, como el de un coco cayendo al piso; inmediatamente después, frente a mí, la boca de una mujer se abría para dejar salir un grito de espanto, silabeado para exagerar. 

Oh-my-God!

El grito venía de una señora platinada: cigarro blanco largo como sorbete en la mano derecha; celular pegado a la oreja en la izquierda; labios rojos y sombra de ojos gris eléctrico. La mujer corrió en mi dirección y casi choca mi hombro al pasar. El apuro le hizo perder las formas. Quise insultarla. 

Lo próximo que vi fue la marea. El dependiente de The Cereal Bowl, la chica que habla farsí sin acento en la juguetería donde compré el primer regalo para mi hijo —un león multicolor de felpa—, el vendedor de tickets del cine, el cocinero del restaurante griego: todos corrían hacia el coco que había caído al piso.

El coco resultó ser una cabeza sangrante. Su dueña, una morena de unos veintipico que se revolvía dolorida sobre los cuadrados de cemento. Era una Barbie negra, desproporcionadamente atractiva. Camiseta blanca de D&G, zapatos con un taco aguja capaz de competir con la hoja de un cuchillo de cocina; un dragón, bordado al celeste, desperezándose y sacando la lengua a lo largo de toda la pierna izquierda del jean azul.

Tras la caída, el coco-cabeza, la camiseta D&G y una porción del jean se tiñeron de rojo. La sangre también había ganado espacio en el piso; formaba un charco del tamaño de una pelota de básquet. Quedaba poco rastro del trabajo de peluquería en la masa pringosa en que se iban convirtiendo los cabellos.

Pero no era un asunto dramático. Sobreviviría. Su excitación era más producto del golpe y la agitación general que del daño. De hecho, la troupe de vecinos estaba más aterrorizada que ella. La platinada se atropellaba gritando los hechos a alguien en el celular. Nunca soltó el cigarro. La juguetera se tomaba el rostro, pegando los codos al pecho. Era un palo tieso, la novia muerta en “Corpse Bride” de Burton.

Me fijé especialmente en el cocinero griego, el más sobresaltado. Tenía tallada el motivo de los nervios en cada pliegue de la cara. La chica había caido a cinco metros de la puerta de su local, famoso en el barrio por un guiso de cordero y la ensalada fresca de pepinos y feta.

—¿Estás bien? Dime que estás bien. ¿Qué ves aquí? ¿Ves uno o dos dedos? Holly shit! Holly shit!

***
Pocos días antes de la precipitación de la morena, Barack Obama había firmado con 20 bolígrafos la ley de reforma del seguro de salud aprobada por el Senado y la Cámara de Representantes. Atrás quedaron meses de voncinglerío en los medios e internet; por delante, un ejército de bárbaros golpeando las puertas de Washington, velando armas de regresión masiva bajo el camaleónico nombre de Tea Party.

La ley, definida por el vicepresidente Joe Biden como the big fucking deal, debe permitir que más de 30 millones de americanos y residentes legales accedan a cobertura sanitaria de menor costo y mayor calidad. Buena parte del asunto pasará por humanizar el agujero negro de sobrecostos que empuja el gasto en salud a unos US$ 7.300 per cápita, equivalentes a casi 2,5 veces el gasto promedio de los países miembros de la OCDE.

***
No me moví. No fue por desinterés en la suerte de la morena, sino porque no veía razón para tanta acción. Los autos desaceleraban y congestionaban el tránsito. Calma: no había urgencia. La chica no tardaría  en reponerse; no tenía más que un tajo grande. Su comportamiento no era errático. Tengo un sexto sentido para esto. 
 
Más paseantes se unieron al cerco de mirones y yo me concentré en, a mi juicio, lo único importante: encontrar qué la hizo caer. No había desniveles pronunciados y las dos agujas seguían clavadas a la suela de los zapatos. No me tomó mucho tiempo dar con la pista clave: una vulgar cáscara de banana. Estaba a poco menos de un metro de la chica, con un extremo apisonado, algo deshilachada por la fricción contra el cemento. El rastro del resbalón —una línea gris y babosa de un pie de largo— todavía sobrevivía a la creciente acumulación de testigos.

Una voz me sacó del trance.

—¡Llama al 911!

Era el vendedor de The Cereal Bowl, un jovencito con voz de niña, largo y muy pálido que usaba anteojos de marco invisible y tenía los pelos rubios acabados en mil puntas. Se dirigía a mí, claro. Pero yo no hice nada. El sexto sentido: esto ya pasa.

—¡El 911! —insistió. 

Tipo pesado, Fido Dido. Hay gente que no entiende de economía.

***
Es difícil que los costos bajen si no se reduce, entre otras cosas, el uso indiscriminado e irracional de los servicios de salud. Hace no muchas noches, uno o dos días después de que Obama firmase la reforma sanitaria, “Nightline”, el noticiero de última hora de ABC, emitió un reportaje sobre la Engine Company 10 (EC10), una estación de bomberos de Washington, DC, considerada la más ocupada de Estados Unidos.

La mayoría de las más de 7.000 llamadas que la EC10 recibe al día no son emergencias. Puede ser un borracho con dolor de estómago; un peluquero al que le tiembla la mano; la señora Prescott, preocupada por Mr. Feebs, su gato, trepado por enésima al árbol del vecino.

***
—No tiene sentido: no es de vida o muerte. ¿Para qué llamar? Al frente está la farmacia. Vaya y cómprele gasa, alcohol, band aids
 
No sirvió que explicara mi punto: para Fido Dido, el tajo de la morena, que ya no sangraba, exigía la presencia de una ambulancia y el equipo de rescate del barrio.

—¿Cómo puede saberlo? ¿Acaso es médico? Si es así, atiéndala.

No respondí. Quise marcharme, pero entonces se sumó el boletero del cine.

—¿Por qué no llamas entonces? ¿No quieres gastar tu celular? Es gratis.

Tampoco reaccioné.

—Usa el mío, anda. Los bomberos están para servir. ¿Qué esperas?

—No espero nada. Es sólo que no voy a llamar. No hay ninguna necesidad, créeme.

La respuesta encendió el carácter del tipo del cine. Fido Dido le cedió la bandera de combate.

Holly cow! ¿Qué debo hacer para que dejes a un lado tu egoísmo? Los demás ayudamos —estaba enfadado pero controlado: no iba a pelear— ¿Puedes tú ayudarnos a nosotros?

—Mover una ambulancia cuesta —repuse finalmente—. ¿Ella pidió por una ambulancia?

Escupió aire y dijo que no, pero, ¿acaso eso era importante?

—La ley nueva dice que ahora todos tienen que ser atendidos —dijo Fido Dido, determinado y terminante.

***
Movilizar equipo de salud es costoso en EEUU. Echar a la calle un carro de bomberos con equipo y personal cuesta a la EC10 US$ 87.500 al día, a razón de US$ 3.500 por cada una de las 25 urgencias que atiende en 24 horas. En ciudades más baratas, como Tampa o St. Petersburg, en Florida, nunca es menos de US$ 218 o US$ 332 por viaje.

Los costos inmediatos no finalizan ahí. A diario, contó un oficial a “Nightline”, la EC10 recibe llamados para recoger al mismo hombre, un homeless usualmente borracho, y llevarlo al hospital. Allí come y pasa la noche. Al día siguiente, el hospital lo deja ir, nada más para que a las pocas horas alguien más llame a la estación y todo vuelva a empezar. En ciudades como Chicago, el viaje en ambulancia cuesta de US$ 400 a US$500. Es el taxi hospitalario más caro del mundo. 
 
Nada de esto incluye los costos médicos directos,: US$ 15.000 por un parto natural, US$ 20.000 por una césarea; US$ 1500 por recibir dos intravenosas con antibióticos y suero en el ER del George Washington University Hospital; enfermera y anestesista para una sola cirugía: US$ 4.000… Todo eso sale del bolsillo de los contribuyentes de manera directa, vía mayores costos en los seguros, o indirecta, a través de aumentos de impuestos. 
 
***
El griego escuchó a Fido Dido y el boletero brotarse por mis sinrazones y tomó el asunto entre sus manos. Quitó el celular a la vieja del cigarro y llamó él mismo el 911. Los bomberos llegaron de inmediato: están a una cuadra. No vinieron caminando, por supuesto. Traían la ambulancia de rescate con tres hombres abordo, pitando sirenazos que causaban más impresión que la sangre de la chica.

Para cuando llegaron, la morena ya estaba de pie, pidiendo paso para irse. Su mayor preocupación era el desastre en que se había convertido la D&G. Maldijo sin cuidado. Dijo que ahora tendría que ir, otra vez, a arreglarse el cabello y se desprendió de sus ayudantes.

Fido Dido y el boletero regresaron con ella; yo seguí en mi lugar. Empezaba a divertirme de verdad —por algo es primavera.

Los bomberos separaron al grupo y acompañaron a la morena hasta la ambulancia. Caminaba con gracia y solvencia, como si nunca hubiera sucedido nada. Se sentó en el escalón trasero de la ambulancia mientras le limpiaban la cabeza con gasas y alcohol. Se negó al agua oxigenada: le arruinaría más el cabello.

Más cerca de mí, la rubia platinada se reunió con el griego. Lo felicitó por su resolución. El cocinero la invitó a tomar un café. Se fueron. Mientras abría la puerta del local, le apoyó la mano en la espalda con suavidad.

La chica de la juguetería, la que habla farsí sin acento, seguía aun con las manos sobre el rostro. Noté que tiene los dedos largos como los tacos aguja de la morena. Parecen grisines tostados. También me dí cuenta de que, de todo el grupo inicial, ella era la única que seguía sin abrir la boca. Parecía seguir superada por la situación. Me agrada esa gente silenciosa: terreno para la exploración. ¿Estaría a favor o en contra de llamar a los bomberos?

Ya estaba dispuesto a irme en paz de allí, pues todo mi trabajo estaba hecho (¿?) pero el dependiente del The Cereal Bowl tenía otra idea.

—Con gente como tú —dijo apuntándome con el dedo a la cara— se pudo haber perdido una vida. Eres un inconsciente, más cuando todo esto no cuesta nada.

—¿Por la ley, verdad?

—¿Tienes alguna duda?

Otra vez silencio. Fido Dido sólo quería desahogarse y hacer una manifestación política. Me mostró un dedo, le devolví una sonrisa comprensiva. Se fue a su local, tomó un trapo y se puso a limpiar las mesas.

***
La morena sacó el celular de la cartera —también D&G, cuero blanco— que hasta ese momento no había visto. Curiosamente, la bolsa estaba impecable, sin una mancha de sangre.
 
Los bomberos ya estaban terminando de limpiarla. Uno le dijo algo, ella sonrió y volvió al teléfono.
How ‘ya doing, gal —dijo a alguien al otro lado de la línea, aclarándose la voz. 
 
Pidió disculpas por estar a little bit demorada por something que le pasó en plena calle por no querer gastar en un taxi. 
 
—Son muy caros —dijo—. No son momentos para derroches innecesarios.

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24 de enero de 2009

La Constitución de Bolivia y la idea de nación

Edmundo Paz Soldán analiza la Constitución de Bolivia en Río Fugitivo, su blog en la comunidad del Grupo Prisa. EPS presta especial atención a la curiosa retórica que abunda en la nueva Carta Magna boliviana, cuyo referendo es este domingo. La elección de las palabras nunca es inocente, del mismo modo que no hay construcción esterilizada del discurso.

Es curiosa la mención a la constitución del país, en apariencia una suma de ciudadanos naturales (los bolivianos) y otros que permanecen por fuera de la nación (las naciones originarias y otros grupos sociales). Un principio del Estado democrático moderno es la inclusión social, sin distingo especial de mayorías y minorías. Mas la existencia de bolivianos-bolivianos y bolivianos-supranacionales testimonia el fracaso de la idea de Estado y, más aun, de nación.

Que el fenómeno se reproduzca en otras comunidades, como entre las culturas indígenas del sur de México es igualmente significativo. Bolivia parece enfrentar un problema similar: no ya la inclusión de grupos históricamente marginados al Estado o al mercado sino, antes, la construcción de la idea subjetiva de nación. Idea que parece también estar en entredicho más allá del Altiplano, en las ricas praderas y subsuelos de Santa Cruz de la Sierra.

El texto de Edmundo, “Emporio Celestial”, que rescata una precisa analogía borgeana, se lee aquí.

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23 de enero de 2009

La grasa siempre sobra

Excelente post de Gustavo Faverón en Puente Aéreo.

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16 de enero de 2009

Peluquero de orangutanes

Me estoy quedando sin lugares donde tomar café y leer a Houellebecq y Coetzee. Me refiero a espacios silenciosos. En Miami no hay demasiadas librerías y de las tres que me apetecen —Books&Books, Borders y Barnes & Noble—, la primera me queda a trasmano y sus cafeteros han perdido mano. Las otras dos subsisten, pero venden el overpriced caramel macchiato de Starbucks y el latte de Seattle's Best Coffee, intragable lubricante de V8.

Ahora bien, creo que es hora de conformarme con eso pues las cosas vienen mal. Quizás en breve ni deba preocuparme por el precio de mis cafés pues tampoco tendré libros para acompañarlos: mi mundo literario está colapsando. Las ventas de B&N llevan ocho meses consecutivos de baja, una situación menos terminal que la de Borders, que salió a la venta en la primavera boreal y no halló un solo amigo con dinero. Quien quiera montar el sayo sólo a las distribuidoras se equivocará de cuerpo, sugiere Bárbara Celis en El País. El quid reside en el modelo de preguerra de operación de la industria editorial. “(...) hay quien asegura que el problema del mundo editorial no tiene ninguna relación con la crisis, sino con un sistema de negocio que se ha quedado obsoleto”, escribe Celis en “La edición de EEUU busca salida”.

En mi feria habitual, la prensa gráfica, las cosas distan de ser saludables —en las metástasis no hay órganos sin riesgo. Los medios latinoamericanos, donde habitualmente descanso mis huesos, profundizan desde 2007 el desgaste iniciado con la desaparición de la burbuja puntocom (2000) y los atentados del 11-S (2001). En 2008 los medios locales han debido ajustarse más de la cuenta incluso en mercados sólidos, como México y Brasil.

He comenzado a evaluar empleos como peinador de tigres en India y odontólogo de tiburones en Sudáfrica, actividades de riesgo implícito pero con menores posibilidades de deceso que un conchabo en un medio americano. Con la crisis montada, en EEUU las tarifas han terminado por despeñarse, la circulación se ha detenido y los periódicos ya no son ferias de anunciantes. Ni las megaofertas de las grandes compañías —¡52 ediciones de “Time” por sólo US$ 10!— atraen a los suscriptores. De a cientos, los despedidos de la prensa americana, especialmente la gráfica, se lamen heridas profundas. He prestado Curitas a algunos amigos —y reservado mi dotación.

La crisis está arrasando con un modelo antiguo, la generalidad noticiosa, dice el habitualmente ubicuo Robert Picard. Días pasados, Picard publicó en The Media Business, su delicioso blog, “The Upside of Dissapearing Newspaper Advertising”, una primera lectura de la carnicería. Vale saborear este adelanto sobre por qué se cae la carpintería. “Publishers and editors just don’t get it. They have to stop pining that the old days were better and they have to stop blaming everything and everyone but themselves for the lack of value in their papers. What readers need—if they are going to keep buying papers—is content and an experience with news that they cannot get elsewhere. It has to be BETTER than that on TV, Internet, and mobile applications; it has to DIFFERENT than what they get from those sources; and it has to be news for those who LOVE news.”

Ni los apólogos del triunfo definitivo de Google sobre la industria de medios imaginaron estos desenlaces. Hay 20% de descuento para los primeros diez orangutanes que se sometan a los dedos curvos de un editor. Las operadoras están esperando. Llame ya.

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12 de enero de 2009

Ground Control to Major Tom

Bowie debe ver el manchón de la deuda hasta el lado oscuro de la luna. Como sea, el agujero de ozono fiscal de EEUU halló previsibles obsesivos. No recuerdo quién lo hacía en Argentina, pero aquí ahora también hay quien sigue la evolución de la deuda con frenesí de contable empastillado. Se ve por aquí.

Oh, lo había olvidado: para seguir sumando al Team de Autobombo Lo-Dije-Yo-Primero, dos meses atrás, el 12 de noviembre, avisé de un nuevo poroto que entraría a la bolsa de los anticipos. Y es que el déficit presupuestario no bajará de US$ 1,2 billones (mil millones para América Latina).

Preverlo no era asunto de magia —sólo había que hacer números. La Oficina de Presupuesto del Congreso lo confirmó aquí. (Mi T-Mobile no tenía señal cuando llamaron para que les explicara La Gran Argenta.)

PS & Happy New Year: Para quienes preguntaron por la prolongada ausencia del blog y de la serie rumbo al BB Day —agradezco el gesto—, sólo tengo una respuesta: mil ideas pero cero inspiración, menos voluntad y demasiado trabajo de fin de año.

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3 de diciembre de 2008

La banalización de la memoria histórica

La memoria histórica demanda recato y distancia. Hurgar en la herida, embarrarse en el autoflagelo, vivir en la revancha perpetua es politiquita de suicidas o morbosos. El final de esta entrevista a Barbara Probst Solomon tiene un buen mensaje para el lilliputiense seso del País Petiso. “No necesitamos ver huesos para hacer memoria” se lee aquí. (Nota al pie: Feliz cumpleaños, viejo.)

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1 de diciembre de 2008

Campo perdido

Había olvidado esta historia, publicada en noviembre por Expansión, de México. Se llamaba “El oro de América Latina” pero, si no veo mal, salió publicada con un título más local (“Competitividad, lastre del agro mexicano”). Pueden leerla en CNN/Expansión o aquí, en La Lettera. (Nota: en la transcripción de este blog, apenas modificada, el subtítulo “Piquetero VIP” es un guiño al sitio de la novela “La Revoluta”—en México fue tropicalizado como “Huelguistas VIP”, al igual que soja/soya.)

CNN/EXPANSION, NOVIEMBRE 2008

El oro de América Latina

La fachada de la casa color ‘azul hospital’ luce descuidada. No tiene teléfono ni computadora y nada más dos ventanas a una calle polvorienta y silenciosa la relacionan con el mundo.

Por allí, dos empleados desganados entregan los cheques de Procampo a hombres de sombreros grandes y pobreza enorme, que tienen toda la paciencia o la resignación necesarias para aguardar la dádiva bajo el sol.

La casa es una oficina de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa) en el Estado de México, una imagen desoladora de las capacidades del agro del país. “Bajo estas condiciones, hacer una pregunta sobre la competitividad del campo mexicano se contesta sola”, dice Rita Schwentesius, investigadora del Centro de Investigaciones Económicas, Sociales y Tecnológicas de la Agroindustria y Agricultura Mundial, de la Universidad Autónoma Chapingo, en el Estado de México.

El campo mexicano está ‘descarapelado’, como esa oficina. El mundo ha estado vendiendo leche a precio de oro, soya a valores marcianos y vuelan los cheques de seis cifras para fabricar biocombustible con maíz o caña de azúcar. Pero ese campo del siglo XXI pasa en Wellington, Buenos Aires, Curitiba o Kansas City, no en México.

¿Qué depara el futuro al campo mexicano?, ¿es posible que reiteremos un ciclo eterno?, ¿qué tienen a favor, qué deudas arrastran y qué desafíos enfrentan los productores de México?, ¿qué nos espera? Brasil y Argentina, que con México representan casi 80% del PIB agrícola de América Latina, tienen experiencias para empezar a dar algunas respuestas.

SAGARPA, SOBREVIVIENTE

Si no se entra en detalles, el rostro del campo mexicano no parece tan demacrada. El país culminará la temporada 2007-08 con una producción de seis millones de toneladas de carne (66% más que hace 12 años) y 10,400 millones de litros de leche, un 41% más que en 1996.

O sea va bien, pero ni tanto. En 14 años, la producción de granos subió de 29 a 38 millones de toneladas (31% más) y aun con récord en producción de alimentos, de 195 millones de toneladas para 2008, Alberto Cárdenas Jiménez, titular de Sagarpa, afirma que el sector sigue con ‘rezago’.

El campo mexicano ha tenido flexibilidad para abastecer a Estados Unidos (su más directo comprador y también su mayor competidor) en circunstancias especiales. Desde 1992, México se volvió el mayor exportador mundial de limón persa, cuando el huracán Andrew devastó las plantaciones de la Florida.

La producción de naranja también se benefició por fenómenos similares y hoy, crisis energética mediante, varias zonas productoras ganan terreno al no depender de insumos químicos derivados del petróleo, mientras que la producción de frutas y verduras, merced al Tratado de Libre Comercio de América del Norte, rompe récord.

Pero, en términos estructurales, el campo padece. Mientras Estados Unidos posee una política agrícola de largo plazo, y que se actualiza cada quinquenio, México posee una ‘jungla de leyes’ que no se aplican, perpetuan la burocracia pública y la producción de supervivencia, dicen los especialistas.

Las leyes de Desarrollo Rural Sustentable, de 2001, y de Productos Orgánicos, de 2006, por ejemplo, son inoperantes por falta de una reglamentación completa. “Tenemos muchos presupuestos anuales con subejercicio”, dice Schwentesius. “El apoyo para la ganadería de 2006, sin ir más lejos, no se entregó a todos”.

Cuando esto se confronta con las capacidades de los vecinos, el saldo es rojo. Hay asuntos que son leyes naturales imperturbables. El 75% de la productividad agrícola estadounidense, por ejemplo, proviene de inversiones en investigación, desarrollo (I+D) e infraestructura.

México está lejos de eso. Su inversión en I+D agrícola es de 0.4% del PIB sectorial y sus subsidios son, comparativamente, de chiste. Procampo no cubre a todo el sistema: inicialmente llegaba a 3.2 millones de productores; hoy, a 2.4 millones, según cálculos privados, lo cual indica el nivel de expulsión de las zonas rurales.

De los 196 millones de hectáreas, según el Registro Nacional Agrario, sólo 11% va a producción. La mitad de esas tierras están en manos de ejidatarios y comuneros, con serios problemas de productividad, crédito y cultura productiva. Un agricultor mexicano cultiva cinco hectáreas, en promedio; un argentino o un estadounidense, unas 180.

Parte del trasfondo se explica por la falta de apoyos eficientes: EU mantiene un presupuesto equivalente a 191,120 MDP anuales; México, 58,000 MDP, de los que 25% va a sueldos de Sagarpa, universidades e institutos sectoriales. (Estímulos insuficientes por dos lados: los ingresos agropecuarios bajaron de 16 a 6% dentro de las entradas de dinero de las familias rurales entre 1998-2008, el déficit comercial aumentó 136% en el último semestre respecto de enero-junio de 2007 y el PIB rural está estancado.)

Además, lo que el galimatías legal es a la incertidumbre del negocio, los solapamientos administrativos lo son a las ayudas. Schwentesius recuerda que desde su inicio, en 2002, el Programa Especial Concurrente (PEC) ha sido manejado por 17 instancias –desde Sagarpa y la Secretaría de la Reforma Agraria a Turismo, Seguridad e Indígenas. Eso favorece duplicidades, opacidad, costos ocultos e inflamiento de esos costos ocultos. (La Ley Agrícola estadounidense reúne todo el PEC mexicano bajo un único responsable, el secretario de Agricultura.)

BRASIL, EL EJEMPLO

Este año, la producción brasileña superó a la mexicana 3.8 veces en granos, 2.5 en leche y 3.5 veces en carne. ¿Por qué dos economías de casi el mismo tamaño tienen tanta divergencia primaria? El complejo agroexportador de Brasil es una pieza más de su engranaje industrial.

Aunque mantiene bolsones de producción de supervivencia, se reconvirtió en una máquina de suma progresiva de valor. “Los productos brasileños tenían el estigma de ‘hechos en la China de Sudamérica’, pero están revirtiendo la imagen rápidamente”, dice Daniel Rivilli, director de Marca Líquida, un fondo de inversión agrícola argentino.

Entre 1984 y 2006, la Financiadora de Estudos e Projetos, una agencia gubernamental de innovación, legó 45,000 MDP a fondo perdido para esa transición.

Uno de los ejemplos de ese proyecto es el de las carnes de res, de las que hoy Brasil es primer exportador mundial, cuando hace 10 años no figuraba en el top 10, recuerda Gilda Bozza, economista de la Federação da Agricultura do Estado do Paraná, en Curitiba.

Fue una operación consistente de transferencia tecnológica, cultural y de recursos. Desde hace 20 años, Brasil importó tecnología argentina de mejoramiento de vientres. Su industria frigorífica se modernizó y el fisco eximió de cargas a productores que retienen vientres –o aumentan el área de cultivos o implantan montes frutales y forestales, ambos negocios crecientes-.

Ahora, los frigoríficos brasileños están comprando a sus pares argentinos. La Empresa Brasileira de Pesquisa Agropecuária es el mayor centro de investigación tecnológica de Latinoamérica. Lo secunda el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, ubicado en Argentina y también reconocido por sus políticas supragubernamentales.

No es magia, sino una acción tan compleja como decir inversión estratégica. Y ejecutarla. “Brasil tiene una política agropecuaria coherente que excede a cada administración”, dice Gustavo López, director de la consultora de inteligencia en negocios agrícolas AgriTrend, en Buenos Aires. “Hay además conciencia de la importancia del sector en la economía, porque si bien tienen cargas tributarias complejas, no hay tributos distorsionantes”.

Aún hay un asunto sin resolver que une a Brasil con México y Argentina: la propiedad y el destino de la tierra. Fuerte concentración de numerosas extensiones o tierras fiscales en litigio o bajo presión de grupos como el Movimiento de los sin Tierra, en Brasil.

El presidente Luíz Inácio Lula da Silva ha mantenido baja la conflictividad, pero no siempre será así. Un descarrilamiento de las relaciones políticas –el campo es sensible en todos lados– y el riesgo acabará trasladado a costos y precios. Eso es algo que México ya experimentó en las administraciones de Ernesto Zedillo y Vicente Fox y, más recientemente, en Argentina, con Cristina Fernández.

PIQUETEROS VIP

Los suelos argentinos son más productivos y el clima más benigno, por lo que un productor gasta un tercio en insumos y logra el mismo rendimiento que un brasileño y el doble o el triple que un mexicano.

Puertos y ciudades más cercanos al campo y mayor desarrollo de infraestructura han contribuido a que Argentina mantenga una poderosa competitividad internacional, incluso sobre Brasil, en varias áreas.

Una de ellas es la innovación de productos y servicios agrícolas, que han exportado a toda Sudamérica y es replicable en México. Los argentinos tienen sistemas de tercerización de producción y cosecha en manos de contratistas privados que facilitan la reducción de costos directos.

Sus herramientas financieras (fideicomisos, pools de siembra, mercados de futuro y derivados profundos) no fueron igualadas ni por el competitivo Brasil. “Está entre los países que mejor y más rápido difundieron modernas tecnologías como los cultivos genéticamente modificados, la siembra directa o la agricultura de precisión”, dice el analista del sector Luciano Cohan, en Buenos Aires.

La soya, ícono del crecimiento del campo argentino, es dios y el diablo en un granito oleaginoso. La soya genéticamente modificada combinada con la siembra directa, tecnología que Argentina lidera globalmente, permitió elevar el promedio de cosecha de 11 millones a más de 47 millones de toneladas en una superficie de cinco hectáreas, en 15 años, y se utilizan actualmente 18 millones de hectáreas.

Esa omnipresencia fue centro de una reciente confrontación político-económica y social. A raíz de un proyecto de ley para implementar retenciones fiscales móviles a las exportaciones, el gobierno de Fernández acusó a los poderosos agricultores argentinos de enriquecerse a costa de la ‘soyización’ del país –término que refiere a un aparente irremediable destino de la estructura agrícola al monocultivo– y los empresarios dispusieron manifestaciones y bloqueo de rutas. No abastecieron a las ciudades durante 21 días, hasta que el Congreso rechazó la ley controversial.

El debate quizás esté adelantando futuras controversias en la región. Con los altos precios de las commodities, echar mano a los réditos agrarios es una tentación fiscal. Pero esos precios alientan también que ciertas actividades se mantengan rentables y crecientes y otras no, seleccionando las áreas más competitivas.

Éste es un dilema que México debe considerar. Su disputa con EU por el maíz pudiera tomar nota del cambio en la ganadería y el agro argentinos. Allí, mientras la producción de soya creció 6,200 veces desde 1975, productos tradicionales como el trigo y el maíz mantuvieron sus niveles o los aumentaron pero en menos superficie.

La producción de carne también fue desplazada a zonas de pastos menos ricos por la búsqueda de tierras fértiles para la soya, deseada por sus precios estratosféricos.

Medidas económicas adoptadas de 1991 a 2001 o los precios máximos fijados en 2006 desinflaron además el sensible negocio lácteo. “Producir soya no sólo es más barato y simple, sino que tiene una prima de riesgo político mucho menor (que el ganado)”, dice el analista Cohan. “Hoy ya se habla, algo o bastante exageradamente, de Argentina importando carne en 10 años”.

El mensaje: la cuestión agrícola ha recuperado brío y dinamismo y, por lo mismo, mayor riesgo de conflictividad dada su elevada sensibilidad pública, aunque en México no representa más de 9% del PIB y en Argentina absorbe apenas 8% de la población empleable, el inconsciente colectivo cristalizó que el campo es determinante.

EL EFECTO BOOMERANG

La agricultura es petróleo-dependiente y, con costos del crudo crecientes o inestables, la rentabilidad se sostiene merced a buenos precios agrícolas internacionales y una mayor productividad. En ese plano, políticas cambiarias y fiscales se han vuelto comunes en los gigantes sudamericanos –y en México, en menor medida– para mover la producción, en particular si el mercado de commodities sufre grandes variaciones.

Un asunto crítico para los productores latinoamericanos siguen siendo los subsidios. Durante la reciente Ronda de Doha, Estados Unidos ofreció reducir sus ayudas cerca de 12%, hasta 168,500 MDP.

Pero eso fue antes del estallido de Wall Street. Ahora se cree que, sea quien fuere el futuro presidente estadounidense, el proteccionismo subirá otro peldaño. (La respuesta de Brasil también puede ir por ese rumbo –subsidios hasta de 611,000 MDP– para mantener sus exportaciones por sobrevaluación cambiaria.)

¿Certezas? La primera: un productor de Europa o EU no sobreviviría la competencia en un mercado no intervenido. La segunda: mayores precios de commodities hacen innecesario el subsidio –y es una gran noticia para las finanzas públicas de los países desarrollados, en especial porque Europa está proponiendo reducir sus aranceles. “Por ahora, son especulaciones”, dice Rivilli. “Pero el actual nivel de precios mejora las posibilidades de crecimiento de la ruralidad de América Latina”.

La mayor demanda de alimentos y los desarrollos tecnológicos vinculados con el control de emisiones contaminantes generan nuevas oportunidades. Pero si bien Brasil camina a ser potencia en producción de biocombustible de caña de azúcar, México difícilmente obtendrá ese nivel con su maíz, del que es deficitario.

Por circunstancias como ésa, México enfrenta actualmente una coyuntura compleja. Los futuros negocios agrícolas estarán cada vez más vinculados con el desarrollo técnico.

Excesivamente enfocado en el TLCAN, perdió capacidades para abastecer el mercado interno y sus productores de baja escala enfrentan rentabilidad decreciente. Además, aumentaron la migración y el número de jornaleros itinerantes.

Repensar ese futuro exigirá una discusión amplia, que hoy no existe. Los estados, los municipios, los legisladores, no influyen más allá de su opinión, pues la Constitución sólo contempla que Presidencia genere herramientas políticas. “Debemos avanzar en la federalización (de la política agrícola)”, dice Schwentesius.

No es asunto de más dinero sino de instrumentación eficiente. Las diversas dependencias que coordinan el PEC en México agotan recursos en burocracia y poco en investigación.

Procampo no considera las realidades de los diversos tipos de productores, mercancías y regiones; es un solo e inflexible modelo para todos. “Además, el sistema de asistencia técnica debe revivirse”, añade Schwentesius. “En Estados Unidos cada estado tiene una universidad agraria con un servicio de extensionismo, pero aquí el extensionismo desapareció”.

No es sólo cosa de apariencia. El aspecto de oficinas antiquísimas, como las de Sagarpa, no es la mejor imagen del campo mexicano y su proyecto para el siglo XXI.

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12 de noviembre de 2008

Brecht Revisited (Día -70BB)

Primero vinieron por Freddy, Fanny y los bancos, pero no me preocupé porque yo no era banquero.

Después vinieron por GM, y tampoco me preocupé porque no soy de la industria automotriz.

Ahora vinieron por los consumidores, pero ya es demasiado tarde: no tengo deuda hipotecaria, comercial, con las tarjetas de crédito ni con universidades.

Lección aprendida: para el próximo show de The Financial Quilombo, endéudense hasta sangrar. Alguien siempre paga por los irresponsables y alguien los rescata. Es el mismo tipo y se llama contribuyente.

NOTAS AL PIE

Barack ni Paulson leen La Lettera —¿es muy obvio decirlo?— pero era de sentido común que la ayuda a las familias americanas tenía que llegar o la caída libre no se detendría. (El Team de Autobombo de Lo-Dije-Yo-Primero ha hallado toda una sección sobre el tema, aquí y aquí, en especial la Pregunta Nº 8.)

Pero, y siempre hay un pero...

a) ¿Las refinanciaciones removerán la desconfianza del consumidor y volverán las compras? Primera medición posible: Black Friday, en Acción de Gracias.

b) Si sube contra 2007, ¿cambio de humor?

c) Los datos de empleo de fin de año no van a ser nada buenos, de todos modos. Las quiebras y despidos comenzaron a saltar en octubre. Tras las familias, habrá que aliviar el crédito comercial. ¿Próxima ayuda? ¿Llevamos el déficit alegremente a US$ 1,2 billones (o trillones), el doble de 2007, cuando ya no teníamos pelos?

d) Finalmente, ok, hay que tragar populismo para salvar a Roma. Mas esta pequeña voz en el desierto pide algo: en algún momento, así sea por un par de segundos, aunque fuere por no negar la voluntad de comprender la dimensión de las cosas, ¿cuándo se discutirá el proceso de reconversión de la economía americana? ¿Cuándo el ajuste a fundamentales realistas? ¿Podemos ver, planeta, cómo reemplazamos el consumo americano mientras enviamos a un centro de desintoxicación al 70% del PIB de EEUU? ¿Podemos empezar a discutir, en serio, multilateralmente, el futuro de EEUU, vbgr. El Mundo? Avísenle al FMI que vaya preparando una misión para auditar cuentas o cuéntenme en la próxima nómina de consumidores irresponsable que gastan lo que no tienen.

Obama tiene a la tribuna enardecida pero arranca con el caballo agotado de tanto azote. Se las va a ver blancas.

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